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Santa Teresita: ser el amor en el corazón de la Iglesia PDF Imprimir E-Mail
Así también el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos.  Si dijera el pie:  "Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo" ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso?.  Y si el oído dijera:  "Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo" ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso?.  Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿donde el olfato.  Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo?. Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano:  "¡No te necesito!" Ni la cabeza a los pies:  "¡No os necesito!". Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables. Y a los que nos parecen los más viles del cuerpo, los rodeamos de mayor honor. Así a nuestras partes deshonestas las vestimos con mayor honestidad.
1ª Corintios 12, 14 - 23


Muchas cosas podemos decir de Teresita del Niño Jesús entre otras que es un alma pura realmente de una infinita bondad, de una gran inocencia, de mucha fortaleza, de una gran búsqueda y expresión de lo que en el fondo del corazón del hombre hay de anhelo de la presencia de Dios. Justamente en ese anhelo y en esa búsqueda de la presencia de Dios donde ella abrió la Palabra y de casualidad como lo relata en su autobiografía se encontró con el capítulo 12 y 13 de la Carta a los Corintios.

Hay una pregunta que se había instalado en su corazón. ¿Cuál era su lugar? Dentro de la comunidad de la Iglesia. Es decir ¿cual era su vocación? ¿Cuál era el lugar que Dios le tenía preparado a ella? Y entre las sombras y la oscuridad se descubrió a si misma que Dios le tenía preparado un lugar muy particular, quería hacerlo todo, sobretodo quería el martirio y descubrí que no podía hacerlo todo, que al mismo tiempo el cuerpo era un todo compuesto de muchos miembros.

Entre esos miembros encontré en el capítulo 13 el de mayor bondad, el de mayor nobleza dice Teresita, el corazón donde anida el amor de Dios y entonces me decidí ubicarme en ese lugar, relata ella.

Decidí ser el amor en el corazón de la Iglesia. Teresita del Niño Jesús nació en la ciudad francesa de Alençon el 2 de enero de 1873. Sus padres ejemplares, pronto a ser beatificados Luis Martín y Celia María Guerín, venerables los dos por ahora, la criaron con una extremada dulzura y bondad.

El Papa Pío XI la llamó “la estrella de mi pontificado” y definió a ella como un huracán de gloria capaz de un movimiento universal de afecto y devoción  que acompañó durante mucho tiempo al principio del siglo pasado y ha reverdecido en estos tiempos a un montón de jóvenes que buscan y anhelan la presencia de Dios.

El Papa Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997 la declaró Doctora de la Iglesia el día de las misiones. Siempre he deseado, afirmó en su autobiografía, Teresa de Liseux ser una santa pero por desgracia siempre he constatado que cuando me he querido parangonar a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña cuya cima se pierde en el cielo y el grano de arena pisoteado por los pies de los que los pasan. En vez de desanimarme he dicho: el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables por eso puedo a pesar de mi pequeñez aspirar a la santidad.

Llegar a ser más grande me es imposible. He de soportarme tal como soy con todas mis imperfecciones, sin embargo quiero buscar el medio de ir al cielo por un camino bien derecho, muy breve, un pequeño camino completamente nuevo. Quisiera, dice Teresita, yo también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús porque soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Teresa del Niño Jesús era la última de cinco hermanas.

Había tenido dos hermanos más pero ambos habían fallecido. Tuvo una infancia realmente muy feliz. Sentía una admiración grande por sus padres. No podía explicar, dice ella en su biografía, lo mucho que me amaba papá, todo en el me suscitaba admiración.

Cuando tenía cinco años su madre murió y se truncó bruscamente aquella felicidad inicial la que marcó toda su infancia y su vida. Desde entonces pesaría sobre ella una continua sombra de tristeza, de flaqueza, de debilidad interior. Sin embargo su vida transcurrió en la búsqueda de ese amor que lo colma todo. Es educada por sus hermanas, especialmente por la segunda, y por su padre, un gran hombre quien supo inculcar una ternura materna y paterna al mismo tiempo.

Con su padre aprendió a amar la naturaleza, aprendió a rezar, aprendió a socorrer a los pobres. Cuando tenía nueve años su hermana que era para ella su segunda mamá entró como Carmelita en el monasterio de la ciudad. Teresita sufrió mucho una vez más pero en su sufrimiento adquirió la certeza que ella también estaba llamada al Carmelo. Lo pudo expresar cuando estaba pronta a cumplir 15 años.

Es más, se acercó al pontífice para pedirle la gracia de poder participar, de poder ingresar al carmelo Teresita del Niño Jesús, una vida de amor, de sencillez en un camino hecho caminito para alcanzar las cumbres de la santidad. Teresita nos guía y acompaña en la catequesis de hoy.

La búsqueda incansable de un alma inquieta como la de Teresita la puso en situación de crisis no terminando de encontrar su lugar. Decidió ir a la Palabra de Dios y se sintió interpelada por ella y recibida por ella y ubicada y orientada. En ella encontró la respuesta a su pregunta.¿ cual era su lugar?

Posiblemente sea la pregunta de muchos de nosotros ¿cual es nuestro lugar? ¿Dónde ubicarnos? Sobretodo cuando la referencia se cae, se nos mueve el piso y el horizonte se nos desdibuja. Esto es propio cuando se produce un temblor o un terremoto uno no sabe mucho donde pisar, se mueve para todos lados y lo más triste que toda referencia se mueve.

Es más el horizonte mismo pierde forma, pierde figura. Muchas veces nos pasa esto en la vida, muchas veces nos encontramos con que se nos sacude el piso y no sabemos donde estamos parados y la pregunta es ¿donde me ubico? ¿Como me paro? ¿cual es mi lugar?. Teresita sintió esto en un momento determinado de su vida y preguntándoselo encontró la respuesta en la Palabra de Dios. Allí como compartíamos al comienzo de nuestra catequesis entre el capítulo 12 y 13 de la Primera Carta a los Corintios Teresita encontró su lugar el amor en el corazón de la Iglesia.

El amor que es una palabra gastada. Las canciones hablan de amor. Todo gira en torno al amor cuando no se lo vincula al amor con la idea de una sexualidad satisfecha. Sin embargo más allá de la degradación que podemos haber generado de la palabra amor todos deseamos con mayúsculas el amor en lo más hondo de nuestro ser. Hemos sido creados por un Dios que es amor, al Dios que es amor nos encaminamos.

Al final, dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios, todo desaparecerá, al final solo quedará el amor, para el amor hemos sido hechos. En éste sentido Teresita ha intuido como respuesta desde su más simple búsqueda esa hondura de anhelo que viene desde lo más profundo de nuestro ser criatura hechos de la mano de Dios y hechos para ser de Dios.

El amor en el Evangelio de Cristo es capaz de todo y por eso el amor del que hablamos es un amor que resucita a los muertos como a Lázaro que estando en el sepulcro durante días y oliendo muy mal Jesús lo invita a salir como está, aunque todo enredado entre las vendas y le dice sal fuera Lázaro, quítenle las vendas para que pueda caminar.

El amor de Jesús, el que nosotros buscamos y en el que creemos es capaz de convertir a los hermanos, es capaz de cambiarle la vida a Mateo un cobrador impuestos que acaparaba para si los bienes injustamente conseguidos en un sistema de corrupción al que el también pertenecía, dejarlo todo y lejos de las monedas buscar el rostro de Jesús apartándose del rostro del Cesar acuñado en toda moneda del Imperio que gobernaba también por las tierras de Jerusalén.

Es capaz de cambiarle la vida a Zaqueo que andaba en las mismas que Mateo, juntando por todos lados, acaparando, hasta que un día en el encuentro con Jesús decidió dar cuatro veces de lo que tenía a los pobres. El amor del que Jesús habla en el Evangelio es capaz de curar, es capaz de sanar la herida con una sola presencia. Esto hace con el ciego de nacimiento. Es un amor que libera como lo libera al endemoniado de Galacia, es un amor multiplicador, es un amor que multiplica el pan para que tengan muchos lo que a veces les sobra a algunos pocas, es un amor que convence. Acaso no ardía nuestro corazón dicen los discípulos de Emaús cuando nos hablaba en  el camino. El amor que Teresita intuye debe estar en el centro mismo del corazón de la Iglesia, no se pasa, es un amor eterno. Por eso está siempre de moda. En el corazón de la Iglesia con Teresita animémonos a ser el amor.

Dice Anselm Grün: hay en el corazón humano un deseo grande que consiste no solo en la posibilidad de amar o ser amado sino en hacerse amor. No solamente en la posibilidad de recibir amor o de dar amor sino constituirse en amor. Es decir parecerse más a Dios. San Juan lo define claramente. Dios es amor.

Si el hombre está llamado a recuperar lo que perdió por la herida que el pecado instaló en su corazón, sin duda que lleva adentro una nostalgia de divinidad y una profunda necesidad y anhelo no solo de amar sino de ser amor. Quiero ser el amor en el corazón de la Iglesia. Esta es la expresión de Teresita. Expresa profundamente en lo más hondo de su corazón el anhelo que hay en cada uno de nosotros. No solo tenemos deseo de amar o de ser amados sino que en nosotros hay un anhelo de ser amor, de ser como Dios. Dios es amor. Al final del camino solo queda el amor y en el acto de contemplar el misterio haciéndolo uno con Dios seremos amor mientras tanto peregrinamos en la búsqueda de poder alcanzar aquello que anhelamos.

Acercamos el cielo a la tierra cuando nosotros nos decidimos a abrir las manos para dar, para recibir, pero por sobre todo cuando abrimos el corazón y vinculamos el corazón con las manos y lo que damos y recibimos lo hacemos en la clave a la que Dios nos invita a vivir con mayúscula amando. Para el amor hemos sido hechos y en la medida en que amamos el cielo se nos acerca y acercamos el cielo a los demás.

Si querés ser verdaderamente feliz y querés hacer feliz a alguien amá al estilo de Dios. Ama como la Palabra nos dice debemos aprender a amar. El amor tiene algunas características que son muy bien definidas por la Palabra de Dios. En el capítulo 13 de la Primera Carta de San Pablo a los cristianos de Corinto aparece allí todo un himno en relación al amor donde están como denotadas las características que configuran un corazón amante: la paciencia, el servicio, el apartarse de la envidia, el no ser agrandado, jactancioso, el ser delicados, el no buscar el propio interés, el no rápidamente irritarse, el no tomar en cuenta el mal que a uno le hacen, el no alegrarse con la injusticia, alegrarse con la fuerza de la verdad, saber excusar las dificultades, el saber creer y esperar en todo, el saber llevar con grandeza las cargas. Esto no se termina nunca. Va a desaparecer todo lo demás, dice a Pablo.

La profecía va a desaparecer, el don de lenguas. Este don tan preciado por la comunidad de Corinto también va a desaparecer, la ciencia. Cuando venga lo perfecto todo lo imperfecto, todo lo parcial desaparece. Cuando uno es niño actúa como niño, cuando se hace hombre deja atrás las cosas de niño. La hombría, la madurez está diciendo Pablo llega de la mano de saber vivir en la caridad.

Mientras vamos caminando esto nos resulta casi como una intuición o una realidad que está allí pero no terminamos de atraparla pero cuando este tiempo que vamos caminando nos acerque más al tiempo del encuentro final nos vamos a dar cuenta como dice claramente la Palabra en el Evangelio de Mateo en el capítulo 25 al final se nos preguntará mirándonos a las manos cuanto amamos. No nos van a preguntar cuanta perfección hubo en nosotros, cuantas cosas hicimos o dejamos de hacer, cuanto amamos.

Nos van a ver las manos y nos van a leer el corazón. Si amaste y diste compasión, vení, vas a disfrutar de un amor que no se termina nunca. Ese es el cielo. Teresita nos acerca al cielo y nosotros somos invitados a acercar un poquito más el cielo a éste mundo que nos toca vivir sin sentido, carente de valores que permanecen. Necesitamos darlo vuelta al mundo de hoy. Solo es posible si nos animamos no solo a amar o a dar amor o a recibir amor sino a hacernos amor.

La visión de Dios al final será la contemplación de esto: del amor. Dios que es amor nos saltará los ojos del alma y a todo nuestro ser y seremos envueltos en el amor. Este es el final del camino y nada mejor que cuando uno va al final del camino encontrar la ruta que conduce a ese final del andar, del peregrinar. Por eso el amor es el camino que lleva al final del camino.

Al final del camino todo va a desaparecer solo va a quedar éste misterio de amor de Dios que va a leer las manos y nos va a ver el corazón para preguntarnos cuanto hemos amado. Si nos hemos animado a dejarnos querer y si nos hemos animado a querer. Mucho más nos va a preguntar si queremos ser amor con El porque será un misterio de comunión en el amor lo único que quedará al final del camino. Benedicto XVI en esa hermosa carta Encíclica que nos ha dejado al principio de su pontificado Deus Caritas Est dice: el Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la comunidad eclesial para que sea en el mundo la Iglesia testigo del amor que quiere hacer de la humanidad en su Hijo una sola familia.

Esta es la vocación de la Iglesia. Es esa que Teresita decía era su vocación. La vocación de la Iglesia es esa que Teresita decía era su vocación. La vocación de la Iglesia es ser amor en el corazón ahora de la humanidad. Presencia del amor en el corazón de la humanidad. Toda estructura, tan bien lo han dicho los obispos en Aparecida. Toda estructura eclesial debe estar orientada a esto.

Cuantas organizaciones nuestras no terminan por alcanzar lo que están llamadas a ser porque nos perdemos en la misión. Nos olvidamos que fuimos hechos para querer, para amar, para recibir y para darlo y mucho más para ser presencia del amor. Si hay estructuras que no conducen a esto habrá que dejarlas, han dicho los obispos en Aparecida.

Toda la actividad de la Iglesia decía Benedicto XVI es una expresión de un amor que busca el bien total del hombre. Busca su comunicación de la Buena Noticia en la Palabra, en la vida sacramental, en una empresa muchas veces heroica a lo largo de la historia, en el querer promocionar a la persona, dice Benedicto en los distintos ámbitos de su actividad humana.

El amor decía el Papa, nuestro actual Papa, es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente a los sufrimiento y a las necesidades incluso a las necesidades materiales de los hombres. Es éste aspecto, éste servicio de la caridad al que quiero particularmente dedicarme en ésta Encíclica, decía el Papa. Lo interesante es que en medio de todas las cosas que se dijeron respecto del momento mismo en que el asumía su pontificado sorprendió como muchos entendíamos iba a hacerlo con un Documento que guardara relación con aquello de lo cual el fue un fiel servidor al corazón de la doctrina. El corazón de las enseñanzas de Jesús es éste: al final del camino Jesús no va a decir muchas cosas, va decir solamente una ámense unos a otros como yo los he amado.

Padre Javier Soteras

Fuente:http://www.radiomaria.org.ar/

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