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(«Yo no muero, yo entro en la vida»)

 

Un alma contemplativa es un anuncio escatológico de la vida que entra en la eternidad. Su vivir, alabando a Dios y conformándose con lo mínimo imprescindible, es una senda de santidad para esas vocaciones especiales a las que Dios retira del mundo para que, consagradas en plenitud y radicalidad a Él, vivan, en actitud de súplica, la inmolación de su vida ofrecida por la salvación de todos los hombres. En los conventos de clausura sólo se oye el eco de Dios, el deseo de Dios. Se vive para Él; identificadas con sus propios deseos, estas almas escogen la vocación del amor, que «encierra todas las vocaciones..., que abarca todos los tiempos y lugares porque es eterno» (Manuscritos, cap.,XI), porque «el más pequeño movimiento de puro amor es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas» (carta al P. Roulland). 

 

Un día, la madre Inés de Jesús le enseñó un pasaje de los Anales de la Propagación de la Fe donde aparecía una santa junto a un niño recién bautizado, y al verlo exclamó: «Más adelante yo bajaré con ella, junto a los niños bautizados» (Últimas conversaciones, 15 de junio). 

 

En una de las cartas que escribe al P. Roulland, presintiendo ya que su salud se hallaba resquebrajada, le hace esta confesión: «Con gozo le anuncio mi próximo ingreso en el cielo... Lo que me atrae a la patria celeste es la esperanza de amar finalmente a Dios de la manera que tanto he deseado y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una muchedumbre de almas que lo glorificarán eternamente.» 

 

En su tumba de Lisieux leemos, como epitafio, una de las últimas frases que le escucharon poco antes de su muerte: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra».

 


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