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Jesús, llamando a Sí a un niño, dijo: «El que se hiciere pequeño como este niño es el mayor en el reino de los cielos» (Mt. 18, 21). Estas palabras, en boca del Salvador, parecen una revelación de la santidad de Teresa.

La humildad -nos atrevemos a decir- es el secreto de la Santa. Pero esta palabra, «el secreto de Teresa», la hemos pronunciado ya a propósito de otras virtudes, y sin duda la repetiremos más de una vez. ¡Cosa extraña! Cada una de las virtudes de que nos da ejemplo la santa niña nos hace el efecto de ser su secreto. Este fenómeno se explica fácilmente teniendo en cuenta que, dada su admirable sencillez, sus virtudes no son sino aspectos diversos de una sola virtud. En efecto, la caridad no sólo es la reina y la cima de todas ellas, sino la raíz, el móvil poderoso que las pone en juego.

Se cuenta que un día una religiosa de la Visitación dijo a San Francisco de Sales: «Yo quisiera llegar al amor por la humildad.» «Y yo -respondió el Santo- deseo llegar a la humildad por el amor.» Palabra profunda que muestra la afinidad de alma existente entre el santo obispo y la Carmelita de Lisieux. Ella nos hará comprender: 1º Cómo el amor engendra la humildad. 2º Cómo el amor perfecciona la humildad.

1

Representémonos a esta alma profundamente impresionada, casi sobrecogida, al considerarse objeto del Amor Misericordioso de Dios. ¿Qué efecto producirá en ella la vista de su pequeñez, de su miseria, de su nada? No podrá menos de comprender que si Dios se inclina hacia la criatura para manifestar en ella su Amor Misericordioso es precisamente a causa de su miseria. Lejos, pues, de desanimarse, se alegrará de reconocerse ante el Señor tal cual es. Ese conocimiento será el medio, la condición necesaria para recibir las comunicaciones del Amor Misericordioso. Olvidar, ignorar la propia pequeñez, equivaldría a hacerse indigna del Amor Misericordioso de Dios. Viéndose, por el contrario, envuelta en la Infinita Misericordia, descansará humildemente en el conocimiento de su miseria, que considera a la luz de la fe. Tal consideración le produce una alegría inefable. Este es el espíritu de Teresa. La luz de la verdad divina inunda su alma. La vista de su miseria no es sino un medio para comprender mejor la Bondad del Amor Misericordioso. Para ella, descansar en su pequeñez es descansar en Dios.

No podemos menos de recordar las palabras de San Agustín: «Señor, nos has hecho para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti». ¿Quién sentirá esta inquietud, sino el corazón soberbio que no quiere aceptar ni confesar su miseria? Sólo el corazón humilde encontrará el reposo: «Requiscet in spe in Deo».

La humildad, en frase de la gran Santa Teresa de Ávila, es andar en verdad. Palabra exacta. Pero Teresa del Niño Jesús ha sabido proyectar una nueva luz sobre esa frase de su Madre. El alma de Teresa es el mejor tratado de la humildad.

Paréceme que los tratados sobre esta virtud, en especial los que pretenden explicarla con cierta profundidad, fácilmente ocasionan equívocos en materia de humildad. De tal manera complican la teoría, que inevitablemente dificultan la práctica. Y nada más sencillo que la humildad; complicarla es deformarla. Señalar procedimientos, proporcionar fórmulas, escalonaría por grados, equivale a fomentar la ocupación propia, siendo así que la humildad consiste precisamente en el olvido de sí mismo: «Aparta los ojos de ti.» ¿Cómo conseguirlo? Cada vez que comprobemos nuestra imperfección y pobreza, volver la mirada a Dios dulcemente.

La confianza plena en su Amor Misericordioso es el mejor homenaje al Padre de las Misericordias, homenaje que le es infinitamente agradable. Fe en su Amor y confianza en su Misericordia son, en realidad, el único medio verdadero de unirnos a Dios en la verdad.

El deseo de amar, si es sincero, ha de ser humilde, pues lo que pretende es no encontrar al Amor por sus propios esfuerzos, sino atraerlo hacia sí por la exposición de sus necesidades: Señor, el que amas está enfermo (Jn. 11, 3). ¡Qué luminosa es la palabra de San Francisco de Sales!: «Yo quiero alcanzar la humildad por el amor.» El deseo de amar al Amor Misericordioso implica el reconocimiento de la propia nada y supone una actitud humilde que glorifica a Dios y despierta el amor. Así y sólo así se puede amar la propia abyección. Se comprende, pues, que los Santos, y muy particularmente nuestra Santa, se hayan gozado en la contemplación de su pobreza y pequeñez. «Oh, Jesús, qué feliz es tu pajarito, siendo pequeño y débil... ».

Podría alguien preguntarse si no se confunden el amor a Dios y el amor a la propia nada. Esto sólo se concibe a la luz del amor divino que inspira al alma el deseo de entregarse sin reserva a su misericordiosa acción.

2

Veamos cómo el amor que engendró la humildad en el alma de Teresa conservó y perfeccionó esa virtud. Las ascensiones del amor van siempre acompañadas de progresos en la humildad. Asimismo, todo aumento de humildad produce un acrecentamiento de amor. En la medida del amor crece la luz con que se ven claramente los defectos, imperfecciones, apegos; en una palabra, cualquier forma de egoísmo, y con el mayor conocimiento propio, el alma más fácilmente se olvida de si. «Quien conoce su miseria no se mira a sí mismo, sino al Amado». Este es el verdadero desprecio de sí, el auténtico olvido propio. Teresa lo experimentó y siente una necesidad creciente de sumergirse en él.

No se hace ilusiones; con toda sinceridad confesará en los últimos días de su vida: «Qué feliz me siento de yerme tan imperfecta, tan necesitada de la Misericordia divina en la hora de mi muerte». Y añade: «Tengo muchas flaquezas, pero no me sorprendo... Es tan dulce sentirse débil y pequeña». ¡Cuánto sabor encierra esa palabra: «es tan dulce»! Es la satisfacción de quien vive la verdad, de quien se reconoce ante Dios tal cual es. Teresa sabe que para acercarse a Dios, para pensar como Dios, para unirse a Dios, ha de permanecer tranquila y gozosa en el desprecio y olvido de si. ¿Qué hacer en las caídas que se repiten con frecuencia? «Una mirada a Jesús -¡siempre esa mirada de confianza y de amor!- reconociendo la propia miseria es la mejor reparación.» Que borra las faltas y las convierte en motivos de amor. Teresa es un alma de luz; ama sinceramente su pequeñez y debilidad, porque, lejos de ser obstáculo al amor de Dios, le ayudan a olvidarse de sí, condición necesaria para amar a Dios sólo.

Y no sólo reconoce gozosamente su miseria ante el Señor, sino también ante los hombres. Durante su enfermedad mostró un día cierta impaciencia ante una Hermana que, falta de discreción, le pidió un favor. «¡Cuánto me alegro de que hayan visto mi imperfección! -confesaba después-. Me he gozado al pensar que mi Hermana se ha dado cuenta de mi poca virtud.» No turbarse ni preocuparse en semejantes casos supone un gran amor a la verdad.

Lejos de buscarse a sí misma, de querer ser tenida en algo, Teresa sentía verdadera repugnancia por todo lo que pudiera engrandecería. Ni deseaba luces extraordinarias, ni buscaba grandes mortificaciones, ni actos heroicos.

¿Queremos decir con esto que desconocía las gracias que había recibido de Dios, o ignoraba la acción divina en su alma? No, por cierto; con la misma claridad veía, por una parte, los admirables efectos de la Misericordia de Dios en ella, y por otra, su pobreza y miseria personal, su pequeñez, su nada. Precisamente en esto se descubre la profundidad de su humildad, la transparencia de su mirada, que le permite verse como un pequeño átomo perdido en la inmensidad de la Bondad Divina. Cuanto más percibe las prodigalidades del Amor Misericordioso para con ella, más y más se sumerge y se pierde en la persuasión de una absoluta indigencia, indignidad y pobreza. En la medida en que crece su amor se arraiga su humildad. La audacia, iba a decir la temeridad de sus deseos, son otra prueba de su maravillosa humildad... Como es el Amor infinito el que atrae su amor, como es él solo el que quiere realizar en ella el amor, como únicamente resultará de esto su gloria (ella lo sabe), por muy débil, pequeña y miserable que se sienta, no piensa en absoluto que sea temerario aspirar al mayor amor, en cierta manera al infinito. Por el contrario, Teresa juzga que su misma pequeñez, su pobreza e impotencia son un motivo incluso para creerse apta para glorificar a Dios por el amor.

No hay que confundir la humildad con la pusilanimidad; después de haberse entregado en una especie de sublime locura a los deseos más irrealizables: ser a la vez sacerdote, doctor, mártir, misionero hasta el fin del mundo..., reconoce que nada de eso es para ella. Declara al mismo tiempo que no son esos deseos los que la hacen grata a Dios, ni son ellos la prueba del verdadero amor. ¿Qué hará entonces? ¿Moderará sus ansias de amar? ¿Limitará su amor porque es débil y pequeña? Oigámosla a ella misma: «Mi vocación es el amor.» Teresa será amor.

Y comprendiendo que a los ojos de Dios «lo único que vale es el amor», fomenta en su alma los deseos de acrecentarlo más y más en el ejercicio de las pequeñas virtudes, los pequeños sacrificios, las mil naderías de la vida ordinaria. «Las obras extraordinarias -dice- no están a mi alcance. ¿Cómo demostraré a Dios mi amor si éste se prueba en las obras? Por mis pequeñas acciones y sacrificios. ¡ Como niña, sembraré de flores su camino! -y añade-, y Jesús las mirará complacido».

Humildad y Amor. La extrema pequeñez de la persona y de las obras; la grandeza sin límites de los deseos y del amor. En nuestra Santa, estos dos extremos se tocan. ¡Qué enseñanza para nosotros! ¿Cuál de estas dos virtudes nació primero? Tratándose de Teresa, podemos decir que, evidentemente, el amor engendró y perfeccionó la humildad. El amor de Dios entra libremente en el corazón que a El se entrega, y devora, consume, arroja fuera todo resabio de estima y de amor propio. La luz expulsa las tinieblas. Teresa sabe lo que dice cuando trata de convencer a las almas deseosas de amar, de que sólo aceptando su pequeñez y pobreza podrán hacerlo cual quisieran. Para pertenecer a Jesús hay que ser pequeña. He ahí la perfección. Esto no deja de ser un privilegio; pero ¡cuánta humildad se necesita para aceptarlo! ¡Y qué pocas almas aspiran a ser desconocidas!

Acabamos de oír la palabra decisiva; meditémosla. Casi inconscientemente, en nuestros deseos de perfección, alimentamos la secreta pretensión de ser algo; tal pretensión es un obstáculo para el Amor. No puede el Señor realizar en el alma su obra sin abolir la preocupación propia que se opone al desarrollo y a la consumación de la humildad. El amor sólo se alcanza en la humildad o por la humildad.

Poco antes de morir, Teresa, consumada en el amor divino y abismada en las tinieblas de una noche oscura, decía: «Lo único que veo es mi propia nada». No tenemos, pues, dificultad en corroborar el juicio que de sí misma se había formado nuestra Santa. «La obra más grande que el Todopoderoso ha realizado en mí es el haberme mostrado mi pequeñez y mi impotencia».

El Amor Omnipotente hizo el vacío en aquella alma, que le estaba enteramente entregada; ésta fue su obra, su verdadera obra maestra.


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