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La renuncia en la doctrina de Santa Teresa del Niño Jesús PDF Imprimir E-Mail

El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo (Mt. 16, 24). ¿Qué lugar ocupa, en la espiritualidad de Teresa de Lisieux, este precepto fundamental del Divino Maestro? ¿Cómo concibe la Santa la renuncia propia? En un número de La Vida Espiritual, que publicaba un esbozo del retrato de San Francisco de Asís, leí estas palabras: «Renuncia y sacrificio por amor.» La austeridad de Francisco tenía un matiz de suavidad infinita; era la suya una ascética amorosa iluminada por los resplandores de la caridad, y nadie ha demostrado como él que el amor todo lo suaviza, todo lo facilita. De ahí que su espiritualidad tenga un aspecto tan amable, tan alegre, tan optimista; es enteramente afectiva.

Esas palabras que retratan a San Francisco de Asís pueden aplicarse exactamente a Santa Teresa del Niño Jesús. La renuncia en la vida cristiana presenta dos aspectos, tiene una doble misión: 1ª, preparar el camino al amor; 2ª, servir de expresión al amor.

Teresa, como Francisco, parece no conocer más que este segundo aspecto, esta segunda misión de la renuncia. Su ascética es una ascética amorosa, predominantemente afectiva. La renuncia en la mente de Teresa es una consecuencia del amor; del amor en su punto de partida, del amor en su marcha progresiva hacia la perfección. Renunciarse es, pues, amar; no a sí mismo, sino a Dios, que atrae al alma con fuerza irresistible. De ahí ese matiz atractivo y gozoso que presenta en Teresa la ley de la renuncia; es una faceta de la ley de la caridad. Esta es precisamente la doctrina evangélica. A la palabra austera de Nuestro Señor, niéguese a sí mismo, precedió otra infinitamente dulce y atrayente: el que quiera venir en pos de Mí.

El amor, el deseo de amar a Jesús es el motor de la voluntad y la muerte del amor propio. En definitiva, el Evangelio es la esencia del amor; exige la renuncia al amor egoísta para que entre en nuestro corazón el amor de Dios, único que puede satisfacerle. La renuncia al yo se efectúa en virtud del Amor, por el Amor y para el Amor. Esta es la significación de la palabra del Maestro: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 30), porque es el Amor quien impone esa carga y el Amor quien la lleva.

Hemos aplicado a Teresa la sentencia atribuida a San Francisco de Asís: «Nadie ha demostrado como él que el amor todo lo suaviza, todo lo facilita.» Y hemos considerado el aspecto evangélico de la renuncia: Carga ligera, yugo suave. Este rasgo del alma de Teresa es profundamente evangélico.

Estudiemos la idea de la Santa sobre la renuncia y veremos que echa por tierra todos los prejuicios que existen contra ella. Claramente expresa esa idea en su teoría de los pequeños sacrificios. «No quiero -escribía- desperdiciar ni el más pequeño sacrificio». ¿Cuál era el móvil de ese propósito? El deseo de complacer siempre y en todo a su Padre del Cielo. Su punto de partida, ya lo hemos dicho, es el deseo y la necesidad de manifestar a Dios su amor. Punto de partida y al mismo tiempo punto de apoyo, palanca poderosa que eleva al alma por encima de si misma y la libera de toda mira egoísta. Habiéndose posesionado de su corazón el deseo de amar a Dios, siente la necesidad de salir de sí misma, de renunciarse, de sacrificarse. Al principio esta renuncia le costaba. Lo confiesa diciendo: «La expresión de mi rostro denotaba el combate interno.» Pero fiel a las mociones del Amor, pronto sintió la dulzura y la suavidad del sacrificio y llegó a resultarle fácil. «Poco a poco me acostumbré a la renuncia. La fidelidad a una gracia atraería sobre mi alma otras muchas». Entonces brotó en su alma el deseo de no desperdiciar ninguna ocasión de sacrificarse. Y estas ocasiones se le presentaban a cada paso, en cada instante, en cada detalle de la vida cotidiana. Esto es lo ordinario en la vida de todas las almas... Pero dejamos escapar las ocasiones, con frecuencia pasan desapercibidas. ¿Por qué? Porque la mirada del amor no es bastante luminosa; porque el deseo de agradar a nuestro Padre no está bastante despierto. Cierto; los sacrificios que constantemente ofrecía Teresa eran pequeños, insignificantes si se quiere. Pero ¿acaso se nos exigen grandes renuncias en el Evangelio? El niéguese a sí mismo de nuestro Señor pide el sacrificio de cada instante, ya que las grandes ocasiones raras veces se presentan.

La «Imitación» traduce muy bien el pensamiento del Maestro: «Señor, ¿cuántas veces y en qué cosas renunciaré a mí mismo?» Y el Maestro responde: «Siempre y a todas horas, en lo pequeño y en lo grande, sin exceptuar nada; en todas las cosas te quiero desprendido de todo».

Siempre, a todas horas, en todas las cosas. Evidentemente, así debe de ser. Ni por una hora ni por un momento, en ninguna circunstancia hemos de obrar por nuestro propio gusto. La renuncia es, pues, absolutamente necesaria siempre. Por lo tanto ha de ejercitarse principalmente en las cosas pequeñas y en las pequeñas ocasiones. Nuestras vidas -en su mayor parte- se componen de cosas pequeñísimas. En ellas, pues, ha de realizar toda alma cristiana el niéguese a sí mismo.

En este punto, Teresa es un verdadero maestro. Pequeños sacrificios, si, pero continuos, ininterrumpidos; ahí radica el heroísmo de Teresa, su santidad. Prácticamente, en toda vida humana, la única y verdadera grandeza a los ojos de Dios consiste en hacer las cosas pequeñas con mucho amor, en renunciar por Dios a esa serie de insignificancias de que está tejida nuestra vida.

Precisemos un poco más para tener una idea exacta de lo que Santa Teresa del Niño Jesús entiende por «renuncia». En general, tenemos una idea demasiado material, demasiado externa de la renuncia. Nos la representamos en su aspecto negativo de privación de algo material o de mortificación corporal, y consecuentes con esta idea trabajamos por encontrar ocasiones de sacrificar algo, de privarnos de algo, siendo así que la renuncia ha de ser continua.

La renuncia es ante todo y sobre todo y casi exclusivamente algo interior, espiritual; de ningún modo es sinónimo de mortificación o de privación. Debemos renunciarnos siempre, aunque actualmente no tengamos ocasión de mortificarnos en nada. Porque la renuncia es una disposición del alma, que la mueve a olvidarse de sí; disposición sincera, continua, determinación de no contemporizar con las tendencias naturales, de olvidarse de sí, de prescindir del «yo». Es el «deja de mirarte a ti mismo» de San Agustín. Tal era la renuncia de Teresa, disposición interna, represión de las actividades y del apresuramiento naturales, control de los deseos y de los sentimientos, de los recuerdos y de la imaginación. Una verdadera mina de pequeños sacrificios, que en su mayoría pasaban desapercibidos. Aun cuando esta actitud del alma se reflejase al exterior por una renuncia externa y material, su fuerza estaba en la postura interna de olvido propio y de orientación hacia Dios. Eso es el alma de la renuncia.

Si esa actitud es sincera, en las ocasiones se traslucirá al exterior; pero, ya lo hemos dicho, la esencia de la renuncia no consiste en el acto externo, sino en la polarización de la vida hacia Dios. Así se comprende perfectamente que el empeño de. Teresa, en su afán de no desperdiciar ninguna ocasión de sacrificarse, no le causara la menor inquietud, ni degenerase en meticulosidades o estrechez de espíritu. Nacía de su deseo de agradar siempre y en todo a Dios, su Padre. En aras de ese deseo, el alma dilatada de Teresa corre, vuela por el camino de la renuncia. La rectitud y la sinceridad de su proceder le garantizan una luz especial para conocer las sutilezas del amor propio, y una firme voluntad de sacrificarlo en aras del amor divino. Teresa no vacila; sacrifica sus gustos personales y sigue adelante. Y así una y otra vez y siempre, con sencillez y libertad de espíritu. Es verdaderamente sincera en su deseo de dar gusto al Señor.

Estos pequeños sacrificios, celosamente aprovechados, no son sino el fruto espontáneo de su amor siempre despierto. Y su afán de aprovechar las más pequeñas ocasiones; lejos de producir en ella preocupación, inquietud o estrechez de espíritu, dilata su alma y la llena de alegría: alegría en el don, que se confunde con el gozo en el amor.

¡Qué idea tenemos tan equivocada de la renuncia! La consideramos como un ejercicio triste, casi despreciable; como una práctica penosa, fatigosa. Es que no vemos más que su aspecto negativo, y con ese matiz no puede menos de resultar fastidiosa. Es la muerte del «yo», y la muerte, por sí misma, repele y horroriza. Pero Teresa ve en la renuncia algo más; renunciarse ¡es amor, es vida! Hay un segundo prejuicio contra la renuncia. Imaginamos que exige una represión continua, un esfuerzo violento, ininterrumpido; un control implacable de todos los movimientos del alma y del cuerpo; una inversión absurda del modo normal de vivir; en una palabra, un ejercicio antinatural y penosísimo. Teresa con su concepción de la renuncia ha echado por tierra ese prejuicio casi universal y repelente.

La Santa sabe ofrecer sus pequeños sacrificios con la sonrisa en los labios y con el corazón dilatado por la confianza y el amor. La explicación de este fenómeno es siempre la misma; la renuncia y el sacrificio no representan para ella un trabajo rudo y complicado, fatigoso y triste. Muy al contrario: ve en ella la práctica del olvido propio; el movimiento del alma que se lanza hacia Dios en un impulso de amor, descargándose, en su carrera hacia El, de todo aquello que pueda retardar o detener su marcha. Todo ello con la mayor naturalidad y sencillez, como si se tratase de una necesidad más que de una renuncia.

Para terminar, recordemos un rasgo poco conocido de la vida de Teresa; rasgo de poco relieve quizá, pero muy significativo. Era en los últimos días de su vida. La Madre Inés de Jesús le preguntó: «¿Para llegar a vencerse tan perfectamente habrá tenido que luchar mucho?» Y Teresa, con una expresión profunda en la mirada, respondió: « ¡Oh!, no es eso... ».

«¿No es eso?» ¿Quiso, pues, decir que no luchó? De ningún modo, sino que esa lucha no tenía un matiz violento, penoso y triste, como parecía deducirse de la pregunta de su hermana; lo que Teresa quería decir era esto: «No; no he luchado mucho, sino que he amado mucho.» Cuando se ama, la lucha deja de serlo y se convierte en una necesidad; la necesidad de agradar al Amor.

En suma, Teresa enunciaba a su modo, en cuatro sílabas, el principio de psicología ascética, formulado por San Agustín: «Donde hay amor no hay trabajo... »

Terminamos formulando el juicio emitido al comenzar el capítulo: «Nadie ha demostrado como Teresa que el amor todo lo suaviza, todo lo facilita.»


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  Comentarios (2)
 1 RENUNCIA
Escrito por sara susana, el 01-10-2010 20:32
yo he luchado todo este tiempo entregando todo lo que de antemano le pertenece a dios y una de esas cosas esque renuncio a mi parecer a mi voluntad y a todo, para quedarme solo con su poder y amor, asi quedare libre de las cosas de este mundo y poseere a dios, el que es la mayor riqueza
 2 sanacion y liberacion
Escrito por maria victoria pappalardo, el 10-05-2008 08:47
pido humildemente 
sanacion y li- 
beracion, no me 
encuentro nada 
bien,dios los  
bendiga
 
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